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El debate sobre los móviles en los centros

Prohibir es lo fácil. Es mejor educar sobre su uso

La Generalitat pide a escuelas e institutos que tengan lista una regulación de los dispositivos para el próximo curso, mientras, cada centro aplica sus propias reglas.

Ivanna Vallespín, El País, 27 nov 2023

   El debate sobre el uso de los móviles en los centros educativos es uno de los temas estrellas de este inicio de curso en España y ha acabado derivando en un movimiento espontáneo de familias que apuestan por no regalar el dispositivo a su hijo antes de los 16 años.

   Los docentes hace tiempo que alertan de que el uso y abuso de estos dispositivos y de las redes sociales se ha disparado con la pandemia, y con ello los casos de ciberacoso. ¿Y qué están haciendo los centros? A falta de una normativa común en la mayor parte de las comunidades autónomas, muchos institutos han decidido por su cuenta poner ciertos límites: los hay donde la prohibición es total y los alumnos dejan el teléfono en casa o en una taquilla, pero también abundan los que lo permiten en clase para tareas académicas. Caso aparte es el recreo: hay centros que los restringen para fomentar la socialización de los alumnos, mientras otros lo permiten y apuestan por una buena educación sobre la tecnología.
   Para conocer qué tipo de regulación tiene cada centro, en Cataluña, el Departamento de Educación realizó a finales del curso pasado una encuesta entre todos los centros de primaria y secundaria, que reveló que un 23% ya prohibía el uso de los móviles y así lo recogían las normas de funcionamiento del centro. Asimismo, según el estudio, en el que participaron el 86% de centros educativos (de un total de 3.400) públicos y concertados, más de la mitad (un 53%) ya cuenta con unas normas escritas que regulan estos dispositivos en grados muy diferentes. De estos, uno de cada cuatro centros obliga a los alumnos a dejar los teléfonos en casa y casi un 12% solo lo permiten en el recreo.
   Uno de ellos es el instituto Vall de Tenes, en Santa Eulália de Ronçana (Barcelona). Aquí los alumnos pueden llevar el móvil al centro, pero guardado en la mochila. En el recreo está prohibido, pero lo pueden usar en el aula para ciertas tareas. Si el móvil suena en clase, el profesor puede requisarlo. Los docentes también dan ejemplo y no pueden tenerlo visible. Este instituto fue uno de los pioneros a la hora de prohibir la presencia de los teléfonos en sus instalaciones. Lo hicieron hace cuatro años, justo antes de la pandemia. “Los alumnos se pasaban el rato sentados contra la pared con el móvil, no se relacionaban. Y había muchos conflictos por las redes sociales”, recuerda Ester Prats, jefa de estudios. Pero también han tenido que lidiar con casos de acoso y con problemas por el abuso de los dispositivos fuera del centro, ya que algunos alumnos llegaban somnolientos porque se iban a dormir tarde. “Se hace un trabajo sobre el buen uso del móvil y las redes, pero cuesta porque es una herramienta que siempre llevan encima. Y hay familias que no controlan el uso que sus hijos hacen de los móviles o que no saben cómo hacerlo”, tercia Juan Díaz, coordinador pedagógico.
   El equipo directivo admite que el primer año tras el cambio fue duro, pero al final ha sido más fácil de lo esperado gracias a la colaboración de las familias. Y las mejoras se han notado rápido: “La relación entre los alumnos es mejor y más fluida. También en clase el ambiente es mejor porque el profesor no tiene que pelearse para que guarden el móvil”, añade Prats. “Ahora da gusto verlos jugar a cartas en el patio y ver cómo ellos mismos guardan el móvil al cruzar la puerta del centro”, comenta el director, Francesc Martí.
   Durante el recreo, un grupo de alumnos de 2º de bachillerato habla de forma animada. Uno de ellos, Guillem, cuenta a sus compañeros que ha empezado a recibir clases de guitarra y pregunta si alguien quiere jugar a ping-pong. “Está muy bien que prohíban el móvil porque si no estaría todo el mundo con él. Así hablamos entre nosotros. Te das cuenta de que puedes hacer otras cosas”, comenta. Rita también aplaude la medida. “En bachillerato tienes mucho trabajo y te pasas toda la clase con el ordenador, así que a veces necesito desconectar y descansar de la pantalla”. Estos alumnos coinciden en que ven útil la prohibición en los primeros cursos de ESO. “Entonces te pasas el rato jugando con el móvil, pero en bachillerato eres más adulto y lo ves de otra forma”, comenta Raúl.
   Muy cerca, unos alumnos de ESO miran a sus compañeros jugar al ping-pong y esperan su turno para unirse. “Me parece bien que lo prohíban porque al principio conoces poca gente y en lugar de estar solo, te socializas y conoces a más”, comenta Unai, de primero de ESO. “Jugamos al ping-pong o hablamos de las cosas que nos han pasado, y ello ayudará a que las amistades sean más fuertes en el futuro”, añade Avril, de tercero. Con todo, varios de sus compañeros admiten que también tienen sus técnicas para saltarse las restricciones y consultar el teléfono durante la clase o en el lavabo.
   El recreo del instituto escuela Feixes, en Terrassa (Barcelona), es muy parecido al del Vall de Tenes, salvo que se ve algún que otro teléfono. Porque aquí sí está permitido. Matias, de primero de ESO, es uno de los que sí se aferra a la pantalla para pasar el rato con el juego de terror Granny. “Después de dos horas en clase, necesito desconectar un poco”, explica antes de comer una galleta, y bajo la atenta mirada de su compañero Zayd, que no tiene móvil, y de Arnau y Adán, que sí lo tienen desde verano, pero prefieren no usarlo en el patio. “Es un rato para estar con los amigos y hablar”, coinciden ambos. Matias, entonces, puntualiza que no siempre usa el móvil: “A veces me apetece correr o hablar con mis amigos, pero otras necesito mi espacio”.
   Un poco más allá, de un grupo de cinco chicas de 1º de ESO, tres consultan el teléfono. Básicamente, redes sociales, apuntan. “Y contestar a los padres, que nos escriben y nos preguntan cómo estamos”, explican. Con todo, aseguran que no lo usan cada día y que prefieren “hablar o jugar al fútbol o al básquet”. Mariam también tiene móvil, pero lo ha dejado en la mochila. “Solo me dejan usarlo para emergencias, en el patio no”, tercia.
   Dentro del centro, en las aulas, tampoco es extraña la presencia de estos dispositivos. Los alumnos de 2ª de ESO deben grabar y editar un vídeo que servirá para ilustrar un poema. Y lo hacen con el teléfono. “En clase pueden usar el móvil, el ordenador o el papel, cada uno elige según le vaya mejor y según la actividad. Los alumnos son muy hábiles con el móvil y hay tareas que las hacen más rápido con una app”, defiende la directora Maribel Tarrés. Esto no significa que haya una permisividad total. Si un alumno usa el móvil de forma inadecuada, se le avisa que lo guarde. Si reincide, se le confisca. También hay una supervisión en el recreo. “Si se detecta a un alumno que cada día juega al móvil, nos acercamos, hablamos con él y le animamos que vaya a jugar con los compañeros”, tercia la directora.
   En este centro, la tecnología forma parte del ADN del proyecto educativo y han optado por no verla como una enemiga, sino como una oportunidad. “Prohibir es lo fácil, es sacarse el problema de encima, pero no soluciona nada. ¿Y por qué prohibir el móvil y no el ordenador? Es mejor educar sobre su uso, enseñar cómo y cuándo usarlo”, defiende Tarrés. En el centro realizan talleres y proyectos sobre ciberacoso y abuso de las pantallas. La directora es partidaria de que se regulen los móviles, igual que se hace con otros elementos, como los patinetes, pero ve “incongruente” prohibir los móviles por el perfil del centro. “Además, hay alumnos que no tienen ordenador y solo pueden usar el móvil”, tercia. “Si a nosotros el Departamento [de Educación] nos dice ahora que prohíbe los móviles, tenemos un problema”, zanja Tarrés.
   La Generalitat enviará en enero a los centros unas instrucciones e indicaciones comunes a escuelas e institutos para que elaboren su normativa, que deben tener lista el próximo curso. La regulación, según el departamento, debe ser fruto del debate de los consejos escolares donde docentes, alumnos y familias confronten sus visiones. Los expertos consultados coinciden en que es necesaria la existencia de una regulación, pero rechazan la prohibición generalizada. “Si los prohibimos sin más, los estamos poniendo al mismo nivel que una adicción, como el tabaco y alcohol. El móvil como tecnología no es malo, el problema es el uso que se le da y abusar de él”, defiende Sylvie Pérez, psicopedagoga en escuelas e institutos y profesora de Estudios de Psicología y Educación de la Universidad Oberta de Catalunya (UOC).
   En un sentido parecido se manifiesta Héctor Gardo, director de Equidad digital de la Fundación Bofill. “Si los prohibimos perdemos la alfabetización de los móviles, y esto es peligroso, especialmente en entornos vulnerables donde no hay tanto acompañamiento familiar. En muchos casos, el único espacio donde se enseña un buen uso del móvil es en la escuela”.
   Los expertos consultados coinciden en la conveniencia de permitir el teléfono para tareas académicas, y en el recreo consideran que es importante ofrecer alternativas. “Es cierto que en el patio impide las conversaciones, pero también hay que ofrecer alternativas y espacios para fomentar relaciones. Hay que sustituirlo, eso es educación”, constata Sylvie Pérez. “Los patios deben ser ambientes donde los adolescentes puedan tener intimidad, y el móvil la da porque nadie puede ver qué escriben. Tienen que ver que una pantalla no es más importante que la persona que tienen al lado y que es más placentero charlar con un compañero que chatear por el móvil”, apunta David Bueno, fundador de la cátedra de Neuroeducación de la Universidad de Barcelona, quien sí es partidario de restringirlo en este espacio.
   Pero la escuela no puede ser isla y los expertos piden también responsabilidad a los adultos. “Cuando estamos en casa, ¿tenemos el móvil cerca? No podemos reclamar a los hijos cosas que nosotros no hacemos. Ellos no son nativos digitales, son huérfanos digitales porque los adultos no les hemos enseñado. Y si en casa ven a los padres enganchados al móvil, prohibirlos no sirve de nada”, concluye Bueno.

 

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