“Hay que acostumbrar a los adolescentes a convivir con el malestar"
Ángela Beato publicó en madridiario, el 19 de marzo de 2023, una entrevista que realizó a José Antonio Luengo, decano presidente del Colegio Oficial de Psicología de Madrid coincidiendo con la publicación de su libro El dolor adolescente, basado en su experiencia cotidiana como docente y psicólogo.

En las páginas de su libro ahonda, a través de testimonios de chicos y chicas, en los desórdenes y desajustes psicológicos propios de estas edades y ofrece algunas herramientas para que familias y docentes sean capaces de comprenderlos y, sobre todo, ayudar a que su vida sea “un poco más satisfactoria”. Lo que se puede afirmar es que se ha incrementado muy significativamente el número de solicitudes de ayuda, acompañamiento, atención, cuidado y tratamiento por parte de los adolescentes.
¿Qué hace sufrir a un adolescente?
El malestar psicológico como una forma de estar en la vida. Las dificultades que tenemos, pues a veces nos atoran, nos hacen caer o nos hacen tropezar y a veces encontramos problemas para seguir y ahí aparecen síntomas de cuadros de ansiedad, días malos, días de tristeza y sintomatología que puede estar relacionada con trastornos del estado de ánimo, sin tener que hablar de enfermedad, y es probable que sea consecuencia de lo que hemos vivido estos tres años.
¿Los desajustes psicológicos van asociados siempre a la adolescencia? Es decir, ¿el adolescente ha sido, es y será población de riesgo?
El desorden emocional en general está asociado a épocas de crecimiento, como pasar de la niñez a la adolescencia, con todo lo que eso supone. Es un cambio fisiológico, pero también cognitivo, afectivo y emocional que entraña un riesgo. La adolescencia es un momento en el que uno toma conciencia claramente de lo que es el dolor, porque su capacidad intelectual ya le permite captar el mundo pensando en que lo que hace hoy va a tener consecuencias mañana. Es una época de muchas inseguridades, porque por un lado el cuerpo y la mente les pide ser algo diferentes a lo que fueron, pero por otro lado siguen añorando la etapa de seguridad de la infancia, donde vives muy apegado a lo tocable, al 'cura sana, cura sana, si no se cura hoy, se curará mañana’, al abrazo de tu madre, etcétera.
Son momentos en los que empiezan a darse cuenta de que no quieren que sus padres les acompañen al instituto, que quieren seguir solos. Pero por otro lado van con inseguridad, con miedo. Hoy en día se visibiliza mucho más este tipo de desajustes. Son pequeños desordenes relacionados con el crecimiento que siempre han pasado, aunque en este momento la situación es más complicada como consecuencia de la influencia tremenda de las redes sociales.
¿Qué grado de responsabilidad hay que atribuirles a las nuevas tecnologías y las redes sociales en el aumento de los problemas de salud mental en esta franja de población?
No tanto las redes como los contenidos a los que se accede por Internet. El mundo de las influencias, de los de los cánones estéticos, del qué dirán, es un mundo del postureo, y no todos pueden soportar con facilidad que son diferentes a otros. Es ahí donde aparecen a veces muchas angustias en nuestros adolescentes como consecuencia de que no llegan a determinados topes o cánones que considerarían para ellos muy deseables. Se están haciendo especialmente sensibles a la diferencia. Ven que otros lo han conseguido, que están instalados en ellos, y eso les genera, desasosiego, zozobra, inseguridad. Las influencias siempre han estado ahí, pero ahora están absolutamente desmadradas, sin control ninguno y esto hay que decirlo claramente. No podemos estar mareando la perdiz con todo lo que tiene que ver con el uso inadecuado de internet. No estoy hablando de las tecnologías en general, que tienen cosas fantásticas para el ser humano, sino de dónde se mueven los chicos y las chicas.
¿Cuáles son las señales de alerta que tenemos que saber interpretar?
En general, nuestros adolescentes van a mostrar cambios que son consustanciales al cambio. Es decir, que los vamos a ver un poco más enfadados, más huraños, más relativistas, que quieren llevar la razón, que buscan aislarse, que no quieren contar las cosas. Eso son señales muy relacionadas con el crecimiento. Pero cuando debemos empezar a preocuparnos es cuando los hábitos de nuestros hijos cambian muy sustancialmente, cuando les vemos tristes, que no quieren salir a la calle, que incluso nos dicen que ir al colegio o al instituto no les produce bienestar, cuando no duermen y les vemos especialmente inquietos, tensos, con rasgos de excesivo estrés o nerviosismo. Es en esos momentos cuando los padres no debemos asociarlo directamente con que a mi hijo le pasa algo muy grave, pero sí debemos consultar. Y aquí es muy importante, y de esto hablo en el último capítulo, la colaboración con el centro educativo. Porque es importante para los padres, pero también para los centros. Tenemos que reconocer que tenemos un papel ahí muy significativo para saber leer y mirar también a nuestros alumnos con otra perspectiva.
¿Qué pueden hacer ellos para manejar estas situaciones tan complicadas?
Hay dos factores que tienen que ver no tanto con qué se puede hacer en el momento en que pasan de la infancia a la adolescencia, sino antes, durante la infancia, para prevenir este tipo de situaciones. La clave está en vincular afectivamente de forma adecuada. Y esto significa tiempo, tiempo de estar con ellos, de hablar, de saber decir que no, de generar normas razonables que permitan un equilibrio en la vida de los chicos y de las familias, que seamos buenos modelos y ejemplos del buen comportamiento. Generar vínculos es especialmente importante también.
En segundo lugar, no sobreproteger, la sobreprotección, la hiperprotección, todo aquello que se hace en exceso genera dificultades. Se habla de la generación de los blanditos, de que nuestros chicos adolescentes son más blandos que en otras ocasiones. Probablemente sea verdad, pero quienes son blanditos tal vez seamos los padres que intentamos encapsular su vida para que no sufran, para que no vivan la dificultad, para que no se caigan. Pero es que la vida te va a hacer caerte, te va a hacer enfrentarte a dificultades y vas a tener inseguridades. Tenemos que acostumbrarles a convivir con el malestar, con los malos momentos, en las dificultades, acompañándoles cuando éstas empiezan a surgir.
Y luego hay un tercer elemento que afecta no solo a poblaciones desfavorecidas socialmente, sino también incluso a las muy favorecidas. Es evitar la soledad. Muchos chicos y chicas que aparentemente lo tienen todo nos hablan de que se sienten solos. Y esto debe hacernos pensar por qué en una sociedad en la que conseguimos todo con facilidad, la soledad es un fenómeno cada vez más acusado.